El anticuario

El anticuario

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Capítulo XXXIV


Inerte el puño que aún sostiene las cuerdas

que agitan el corazón del padre; el miembro

sesgado que yace en la tumba aún mantiene

extraño comercio con el muñón, en cuyos nervios

perdura la picazón de su mutilada existencia.

Antigua obra

El anticuario, como habíamos informado a nuestros lectores al final del segundo capítulo[247], había rehusado la compañía del respetable señor Blattergowl, a pesar de que éste se ofreció a amenizarlo con un resumen del más hábil discurso jamás oído en el Tribunal de Diezmos[248], el cual fue pronunciado por el procurador de la iglesia con motivo del conocido caso de la parroquia de Gatherem. Resistiéndose a la tentación, nuestro señor optó por el sendero solitario que, de nuevo, le condujo hasta la casa de Meiklebackit. Una vez frente a la cabaña del pescador, vio a un hombre que trabajaba afanosamente en la playa —parecía estar arreglando los destrozos de una barca— y, para su sorpresa, al acercarse a él, pudo comprobar que se trataba del mismo Meiklebackit.

—Me alegro, Saunders, de que se sienta capaz de hacer este esfuerzo.


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