El anticuario
El anticuario —No se preocupe por mÃ, señor, no soy de los que hablan. Pero en el mundo hay más ojos que los mÃos —dijo metiéndose la recompensa de Lovel en el bolsillo, pero en un tono que solo éste podÃa oÃr y con una expresión que decÃa todo lo que no se habÃan dicho. Después se volvió hacia Oldbuck—. Voy a la casa del pastor, ¿quiere que le diga algo, o a sir Arthur, puesto que también iré al castillo de Knockwinnock?
Oldbuck pareció salir de un sueño; con palabras apresuradas e intentando ocultar su irritación, echó una moneda en el suave y grasiento sombrero sin forro de Edie y le respondió:
—Baja hasta Monkbarns, pide algo para cenar, o quédate. Si vas a casa del pastor o a Knockwinnock, no digas nada de esta estúpida historia.
—¿Quién, yo? —respondió el mendigo—. Que Dios le bendiga; nadie sabrá una palabra de mÃ, será como si el montÃculo hubiera estado aquà desde el diluvio de Noé. Pero me han dicho que usted ha cambiado acres de tierra fértil por esa loma cubierta de brezo. Si realmente le han convencido de que este montÃculo es una obra antigua, creo que el trato es nulo y podrÃa presentarlo ante la ley y decir que le han engañado.