El anticuario

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—No haga caso a este pícaro —le dijo el señor Oldbuck—; no crea que pienso mal de su trabajo, solo los estúpidos con prejuicios y los necios lo hacen. Recuerde lo que dijo el viejo Tulio en su discurso Pro Archia poeta sobre un miembro de su confraternidad: Quis nostrum tam animo agresti ac duro fuit… ut… ut… ut… Se me olvida el latín… significa: «Quién de nosotros fue tan grosero y bárbaro como para quedarse inmóvil ante la muerte del gran Roscio[42], cuya edad avanzada estaba tan alejada de prepararnos para su muerte que casi habríamos preferido que una persona tan elegante, tan excelente en su arte, hubiera sido excluida del destino común de la muerte». Así habló el príncipe de los oradores del escenario y los actores.

Las palabras del anciano entraron por los oídos de Lovel, pero su entendimiento no logró sacar ninguna idea precisa, ya que estaba ocupado pensando en cómo el viejo mendigo, que seguía mirándole con un semblante astuto e inteligente, había conseguido inmiscuirse en sus asuntos. Metió la mano en el bolsillo como si fuera la mejor manera de manifestar su deseo de que la persona a quien miraba le entendiera y guardara silencio; le dio una limosna proporcional a sus miedos y no a su caridad, y le lanzó una mirada penetrante que el mendigo, fisonomista de profesión, pareció entender perfectamente.


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