El anticuario

El anticuario

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—¡Que el cielo se lo pague, señor! —gimoteó como suelen hacer los mendigos y, poniendo el bastón por delante, empezó a avanzar hacia Monkbarns, pero se paró y añadió—: ¿Recuperó usted el dinero que dio al vendedor ambulante a cambio de la moneda?

—¡Maldito seas, ocúpate de tus asuntos!

—Bueno, bueno, Dios le bendiga, señor… Espero que castigue a Johnie Howie y que yo viva para verlo. —Y, dicho esto, el viejo mendigo se marchó, librando al señor Oldbuck de recuerdos que eran cualquier cosa menos agradables.

—¿Quién es ese caballero tan entrometido? —preguntó Lovel cuando el mendigo se hubo alejado lo suficiente.

—Una de las plagas de este país. Siempre he estado en contra del impuesto para los asilos para pobres. Pero creo que ahora votaré a su favor para que encierren a ese sinvergüenza. Si invita a un mendigo de este tipo, el pobre lo conocerá tanto como conoce su plato; será familiar y mostrará amor a quien le dé cariño o conversación[43]. ¿Quién es? Pues ha sido un poco de todo… ha sido soldado, cantor, latonero ambulante y ahora es un mendigo. La insensata nobleza lo ha consentido al reírle las bromas y recordar las gracias de Edie Ochiltree con tanta frecuencia como las de Joe Miller[44].

—Parece hacer uso de la libertad, la cual es el alma del ingenio —respondió Lovel.


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