El anticuario

El anticuario

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—Oh, sí, libertad no le falta —dijo el anticuario—. Siempre está inventando chismes inverosímiles con el único fin de provocar, como las estupideces que acaba de decir… Ni que yo fuera a publicar mi tratado antes de haber examinado el asunto a fondo.

—En Inglaterra —exclamó Lovel— un mendigo así no duraría mucho.

—Sí, los guardianes de sus iglesias y sus látigos para perros serían poco indulgentes con ese tipo de humor. Pero aquí, maldita sea, es una especie de incordio con privilegios, uno de los últimos especímenes del rancio mendigo escocés que recorría una zona concreta y hacía de noticiero, de bardo y en ocasiones de historiador del distrito. Este granuja sabe más romances y tradiciones que nadie en esta parroquia o en las cuatro siguientes. Y, al fin y al cabo —prosiguió, ablandándose a medida que describía las virtudes de Edie—, es un zorro con sentido del humor. Ha soportado un difícil destino con espíritu inquebrantable, y es cruel negarle el consuelo de reírse de los más afortunados. El placer de haberme interrogado, como la gente alegre diría, significa para él comida y bebida para un día o dos. Pero tengo que volver a cuidar de él o sembrará todo el país con su maldita y endiablada historia.

Dicho esto, nuestros héroes se separaron; el señor Oldbuck se dirigió a su hospitium en Monkbarns y Lovel de vuelta a Fairport, donde llegó sin percances.


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