El anticuario

El anticuario

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—Te veo de buen ánimo —le dijo Edie al pajarillo—, no como yo, que no me atrevo a silbar ni a cantar para no acordarme de las hermosas praderas y frescas sombras por las que podría estar paseando en un día de sol como éste. Y tú… con tres migajas de pan, y tan contento. Tienes motivos para cantar, di que sí; además, si estás en esa jaula no es culpa tuya; yo, en cambio, si estoy encerrado en este sitio desagradable es porque me lo he buscado.

El soliloquio de Ochiltree fue interrumpido por un condestable que le comunicó que debía comparecer ante el magistrado. Así pues, el mendigo inició una tétrica procesión entre dos pobres guardias, ninguno de ellos tan robusto como él, hasta llegar al recinto de la justicia inquisitorial.

A medida que el anciano preso era conducido por los decrépitos guardias, la gente exclamaba:

—¡Eh! ¿Es que no veis que un hombre tan mayor, con un pie en la tumba, no puede haber cometido un robo semejante?

Y los niños saludaban a los agentes, Puggie Orrock y Jock Ormston, objetos a veces de terror y a veces de diversión por llevar a un preso casi tan viejo como ellos mismos.


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