El anticuario

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—Escriba —dijo el magistrado— que, estando el acusado ampliamente familiarizado con interrogatorios judiciales y, habiendo resultado perjudicado por preguntas que le formularon en tales ocasiones, el declarante rehúsa…

—No, no, magistrado —reiteró Edie—, tampoco me hará pasar por ese aro.

—En tal caso, dicte la respuesta usted mismo, amigo —respondió el magistrado—, y el amanuense tomará nota de lo que salga directamente de su boca.

—Muy bien —dijo Edie—, a eso le llamo yo juego limpio. Procederé sin perder más tiempo. Por tanto, vecino, puede escribir que Edie Ochiltree, el declarante, apela por su libertad; no, tampoco debería decir eso, no soy un chico de la libertad, he luchado contra ellos en los disturbios de Dublín[258]; además, hace tiempo que el rey me da de comer. Un segundo, déjeme ver. Sí, escriba que Edie Ochiltree, el casaca azul, apela por la prerrogativa, asegúrese de escribir correctamente la palabra, que es muy larga, por la prerrogativa de los súbditos de este país, y no responderá a una sola pregunta que le sea formulada en este día, a menos que entienda que existe un motivo para ella. Escriba eso, joven.

—Entonces, Edie —dijo el magistrado—, ya que no ofrecerá usted ninguna información sobre el asunto, debo enviarle de nuevo a prisión hasta nueva orden.


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