El anticuario

El anticuario

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—Está bien, señor, si tal es la voluntad de Dios y la voluntad del hombre, no me queda más remedio que resignarme —respondió el mendigo—. Con respecto a la cárcel, no tengo mucho que objetar, salvo que las personas no pueden salir de ella; y tal vez le agrade saber, magistrado, que le doy mi palabra de comparecer ante el Tribunal Superior de Justicia, o ante el tribunal que desee, cualquier día de su conveniencia.

—Más bien creo, mi buen amigo —respondió el magistrado Littlejohn—, que su palabra es de escasa credibilidad cuando es su cuello el que corre peligro. Tengo motivos para pensar que se expone a perder el derecho a fianza. Si pudiese darme suficiente seguridad de que…

En este momento, el anticuario y el capitán MacIntyre entraron en la sala.

—Buenos días, caballeros —dijo el magistrado—, aquí me tienen ejercitando mi habitual vocación, velando por las injusticias de la gente, al servicio de la res publica, señor Oldbuck, y del rey nuestro señor, capitán MacIntyre, pues supongo que saben que he vuelto a desenvainar la espada.

—Es uno de los emblemas de la justicia, sin duda —respondió el anticuario—, pero habría dicho que la balanza le iría mejor a usted, magistrado, especialmente al disponer de ella en su almacén.


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