El anticuario
El anticuario —Muy bien, Monkbarns, ¡excelente! Pero yo no desenvaino la espada como protector de la justicia, sino como soldado; de hecho, deberÃa decir mejor el mosquete y la bayoneta; pues tengo ambas armas aquÃ, apoyadas contra mi sillón de gotoso, ya que no me siento aún preparado para disparar por culpa de un pequeño recuerdo de nuestra vieja amiga la podagra; no obstante, aún puedo sostenerme en pie mientras nuestro sargento pasa revista. Me gustarÃa saber, capitán MacIntyre, si éste sigue las normas correctamente o si nos conduce torpemente al presente.
El magistrado renqueó hacia sus armas para ilustrar sus dudas y hacer gala de sus conocimientos.
—Es un placer ver que tenemos tan fervientes defensores, magistrado —intervino el señor Oldbuck—, y me atreverÃa a decir que Hector le gratificará con su opinión de los progresos que haga usted en su nuevo oficio. Porque usted, señor mÃo, rival de la Hécate de los antiguos, comerciante en el mercado, soldado en las filas, quid non pro patria[259]? Pero mi menester tiene que ver con la justicia, asà que dejemos tranquilos el comercio y la guerra.
—Bien, señor mÃo —dijo el magistrado—, ¿qué le trae hasta mÃ?