El anticuario

El anticuario

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—Dios le bendiga —dijo el anciano—. Es el regalo de un joven soldado, y tendría sin duda que prosperar con un viejo como yo. No lo rechazaré a pesar de ir en contra de mis principios; pero lo cierto es que, si me encierran aquí, es bastante posible que mis amigos se olviden de mí; ya se sabe, ojos que no ven, corazón que no siente, y no sería muy digno por mi parte, como bedesman del rey, autorizado a pedir limosna, acabar pescando calderilla por la ventana de la celda con un calcetín y un cordel.

Así habló mientras se lo llevaban de la sala.

La declaración del señor Dousterswivel era un relato exagerado de lo ocurrido, tanto en lo referente a la violencia como a los bienes robados.

—Pero me habría gustado preguntarle —dijo Monkbarns— cuál era el propósito de su visita a las ruinas de Saint Ruth, siendo éste un lugar tan solitario, a esa hora, con un compañero como Edie Ochiltree. No hay ningún camino que conduzca hasta allí y me cuesta concebir que el motivo que llevase al alemán a semejante paraje en una noche de tormenta y viento fuese su pasión por lo pintoresco. Parece posible que estuviese complicado en algún tipo de treta o embrollo y que con toda probabilidad le tendieran una trampa en su propio terreno. Nec lex justitior ulla[261].


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