El anticuario

El anticuario

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—¿Qué tiene que decir sobre esta prueba en contra de su amigo? —preguntó el magistrado al ver que el anticuario había pasado la última hoja.

—Bueno, si se tratase de cualquier otra persona, diría que, prima facie, la cosa huele un poco mal, pero jamás consideraría delito que alguien propine una paliza a Dousterswivel. Si yo fuese una hora más joven o tuviese una gota más de sangre guerrera, magistrado, se la habría dado yo mismo hace tiempo. Ese individuo es un nebulo nebulonum[263], un insolente, un estafador, un mentiroso y un charlatán, que con sus artimañas me sacó cien libras a mí y Dios sabe cuántas a mi vecino sir Arthur. Y además, magistrado, no considero que este señor sea lo que se dice un sólido amigo del Gobierno.

—¿En serio? —preguntó el magistrado Littlejohn—. Si así fuese, el asunto cambiaría considerablemente.

—Cierto, pues, al propinarle una paliza —observó Oldbuck—, el mendigo habría mostrado su gratitud al rey golpeando al que es su enemigo; y robar a ese hombre sería como saquear a un egipcio, acto que las leyes permiten. Ahora, suponga que esta entrevista en las ruinas de Saint Ruth hubiese girado en torno a cuestiones políticas, y que esta historia del tesoro escondido y demás misterios fuesen parte de un soborno, o que los fondos tuviesen por objetivo sustentar un movimiento sedicioso.


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