El anticuario
El anticuario —Mi estimado señor —dijo el magistrado aferrándose a la idea—, justamente eso me estaba pasando por la cabeza. Ojalá pudiese encontrar la forma de desentrañar este asunto hasta el final. ¿No cree que deberÃamos llamar a los voluntarios y ponerlos manos a la obra?
—No mientras la podagra los prive de un miembro esencial de su cuerpo. Pero ¿me permitirÃa interrogar a Ochiltree?
—Claro que sÃ, aunque no sacará nada de él. Me dio a entender perfectamente que sabÃa del peligro de una declaración judicial para una persona acusada, lo que, a decir verdad, ha llevado a la horca a hombres más honrados que él.
—Ya veo, magistrado; de todos modos —continuó Oldbuck—, no tiene ningún inconveniente en dejarme probar suerte, ¿verdad?
—Ninguno en absoluto, Monkbarns. Me parece oÃr al sargento por ahà abajo. Voy a dar un repaso al manual entretanto. Vamos, querida, ayúdame a llevar la bayoneta y el mosquete abajo, allà no se hace tanto ruido al apilar las armas.
Y de este modo se marchó el marcial magistrado seguido de la doncella que le llevaba las armas.