El anticuario

El anticuario

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—No es mala escolta esa mozuela para el rey de la gota —observó Oldbuck—. Hector, muchacho, sé bueno, anda. Ve con él y entretenlo una hora y media más o menos, puedes adularlo con terminología castrense, piropea su atuendo y sus maneras.

El capitán MacIntyre, como otros muchos de su profesión, miraba con infinito sarcasmo a los civiles que llevaban armas sin ningún título profesional. Se levantó con gran renuencia y argumentó que él no sabría qué decirle al señor Littlejohn y que ver al viejo tendero gotoso hacer las veces de soldado le resultaba ridículo en grado sumo.

—No digo que te falte razón, Hector —dijo el anticuario, que rara vez coincidía con el primer razonamiento expuesto por una persona—. Posiblemente así sea en esta y otras ocasiones, pero ahora mismo el país se asemeja a los demandantes de un tribunal de pequeñas deudas, donde las distintas partes alegan personalmente, a la vista de la falta de capital para contratar a los héroes expresos de la abogacía. Estoy seguro de que, por una parte, jamás lamentamos la falta de exactitud y elocuencia de los abogados y, de este modo, espero, por otra parte, que podamos cambiar el rumbo con nuestros corazones y mosquetes, aunque nos falte la disciplina de los ordenancistas.


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