El anticuario
El anticuario —Me da exactamente lo mismo que el mundo entero se ponga a luchar si tal es su deseo, siempre y cuando a mà me dejen tranquilo —dijo Hector con obcecada repugnancia.
—SÃ, de hecho, eres una persona muy tranquila —apuntó su tÃo—, tan tranquila que no fuiste capaz siquiera de dejar dormir a un pobre fócido en la playa.
Pero Hector, viendo el rumbo que estaba tomando la conversación y puesto que detestaba cualquier alusión al duelo que habÃa tenido con el animal, se escabulló antes de que el anticuario pudiese terminar la frase.