El anticuario

El anticuario

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—Justo lo que yo pensaba —dijo Oldbuck—. Está bien, Edie, si te pongo en libertad, tendrás que comparecer el día en que te citen y evitarme el pago de una fianza: los tiempos no son propicios para que hombres prudentes tengan que hacer frente a confiscaciones, a menos que puedas descubrir otro aulam auri plenam quadrilibrem[267], una nueva Búsqueda I.

—¡Oh! —dijo el mendigo negando con la cabeza—. Creo que la gallina que puso esos huevos de oro ha huido y yo no pienso llamar a su gallo. Compareceré el día en que me cite, Monkbarns, no perderá ni un solo penique por mi culpa. Y, si es cierto que salgo de aquí, aprovecharé que hace buen tiempo para recabar alguna información sobre el paradero de nuestros amigos.

—De acuerdo, Edie, parece que han cesado los golpetazos de abajo, supongo que el magistrado Littlejohn ha terminado ya con su preceptor militar y ha dejado las labores de Marte para dedicarse a las de Temis[268]. Voy a hablar con él. Pero no puedo creer ni creeré las terribles noticias que me acaba de decir.

—Dios quiera que tenga usted razón —respondió el mendigo mientras Oldbuck salía de la celda.

El anticuario encontró al magistrado exhausto por el ejercicio, hundido en su silla de gotoso, resoplando.


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