El anticuario
El anticuario Nada, aparte de esta única circunstancia, confirmaba la suposición del señor Oldbuck, y seguÃa siendo incierto el motivo por el cual un joven culto, sin amigos, sin relaciones y sin trabajo, vivÃa en Fairport. No parecÃa interesarse por el vino de oporto o el juego. Rechazó la invitación para cenar con el ejército voluntario[46] que acababa de formarse, y rehuyó los dos partidos en que Fairport estaba dividido, lo mismo que otras ciudades importantes. El municipio tenÃa la suerte de disponer de dos clubes, pero el joven no era lo bastante aristocrático para unirse al club de los Incondicionales Monarquistas, ni tampoco lo bastante demócrata para confraternizar con una sociedad afiliada autoproclamada Los Amigos del Pueblo[47]. Odiaba los cafés y, aunque me apene decirlo, tenÃa la misma opinión de las salas de té. En resumen, desde que su nombre empezó a ponerse de moda en novelas —hace ya bastante tiempo—[48], nunca se habÃa dado un Lovel del que se supieran tan pocas cosas por acción y que fuese tan universalmente conocido por omisión.