El anticuario
El anticuario No obstante, una de sus acciones negativas u omisiones fue determinante: nadie sabía nada malo de Lovel. De hecho, si algo malo hubiera existido, no habría tardado en hacerse público, ya que el deseo natural de hablar mal de nuestros vecinos podría en este caso estar marcado por la ausencia de simpatía por un sujeto tan poco sociable. Solo una cosa le hizo sospechoso. Como usaba libremente el lápiz en sus paseos solitarios y había hecho varios dibujos del puerto que incluían la torre de vigilancia y la batería de cuatro cañones, algún celoso amigo del interés público hizo correr el rumor de que el misterioso forastero era sin duda un espía francés. Por tanto, el sheriff visitó al señor Lovel, pero en la entrevista que tuvieron las sospechas del oficial parecieron disiparse; no solo le pidió que retomara su retiro sin más interrupciones, sino que llegó a enviarle dos invitaciones a cenar que fueron rechazadas. Pero el sheriff oculto la naturaleza de la explicación que había recibido, no solo al público en general, sino también a su suplente, su secretario, su mujer y sus dos hijas, a quienes solía consultar aspectos de sus deberes oficiales.
Todos estos detalles que el señor Caxon le contó fielmente a su patrón en Monkbarns sirvieron para mejorar la opinión que su antiguo compañero de viaje tenía de Lovel.