El anticuario
El anticuario —No, a menos que encuentre otras diez —respondió el mendigo—, cosa que dudo mucho, la verdad. Se lo oà decir a Puggie Orrock y a otro ladronzuelo; y las cosas se ponen feas de verdad cuando gentuza como ésa habla a sus anchas de los asuntos de un caballero. No me extrañarÃa que metiesen a sir Arthur en el calabozo por sus deudas, a menos que reciba ayuda rápida y certera.
—No sabes lo que dices —respondió el anticuario—. Sobrino, es un hecho destacable que en este afortunado paÃs ningún hombre pueda ser legalmente encarcelado por deudas.
—¿De veras, señor? —preguntó MacIntyre—. No lo habÃa oÃdo decir nunca, seguro que alguien ha sacado partido a ese aspecto de nuestras leyes.
—Y, si no pueden ser encarcelados por deudas —intervino Ochiltree—, ¿qué hacen todas esas pobres criaturas en las cárceles de Fairport? Todos dicen que están allà por culpa de sus acreedores. ¡Qué raro! Les debe gustar la cárcel más que a mà si están en ella por voluntad propia.