El anticuario

El anticuario

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La expedición, formada por el anticuario, su sobrino y el anciano mendigo, inició el camino hacia Mussel-crag; el primero ardía en deseos de transmitir información y los otros, un poco por obligación y un poco por esperanza de favores futuros, se mostraban decentemente receptivos. El tío y el sobrino andaban a la par, y el mendigo, un paso y medio detrás, lo justo para que su patrón pudiese hablarle con una ligera torsión de cuello sin tener que darse la vuelta del todo. (Adam Petrie, en su ensayo sobre las buenas costumbres destinado a los magistrados de Edimburgo, recomienda, basándose en su propia experiencia como tutor en una familia distinguida, esa actitud a todos los capitanes, tutores, subordinados, etc.). Con esta escolta, avanzaba el anticuario rebosante de enseñanzas, cual altanero hombre de guerra, virando ora a estribor, ora a babor, y descargando interminables parrafadas sobre sus seguidores.

—¿Así que tu opinión —le preguntó al mendigo— es que esta ganancia inesperada, esta arca auri[279], como la que tuvo Plauto, no servirá de mucho dadas las necesidades de sir Arthur?





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