El anticuario

El anticuario

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—No, no, capitán, es usted muy joven, guárdese esas monedas, nunca debería aceptar la primera oferta de una pescadera; creo que mejor me acerco a la casa Monkbarns a hablar con la vieja ama de llaves, o con la señorita Griselda. Y de paso pregunto qué tal está Jenny Ritherout: me han dicho que está como una chota; por lo visto le ha afectado mucho lo de Steenie, qué tontorrona, ¡si él no se había fijado en ella siquiera! En fin, Monkbarns, que llevo pescado fresco y buenísimo: como llegue a un acuerdo en su casa, se va a chupar los dedos con unas cabecitas de eglefino rellenas.

Y así, con palabras de dolor y de gratitud por la compasión mostrada y sus habituales elogios a la mercancía, se fue alejando poco a poco cargando con su canasto.

—Y, ahora que estamos en la puerta de la cabaña —dijo Ochiltree—, me gustaría saber, Monkbarns, por qué me ha traído hasta aquí. Si le digo la verdad, no me produce especial alegría tener que entrar ahí dentro. Me siento incapaz de plantearme el hecho de que un joven como él haya perdido la vida y yo, un viejo inútil y lisiado, continúe aún sobre este mundo.

—Esta anciana mujer —explicó Oldubk— le dio un mensaje para el conde de Glenallan, ¿no es así?

—Sí —respondió el mendigo sorprendido—, ¿cómo puede usted saber eso?


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