El anticuario
El anticuario —SÃ, pero qué triste —observó Ochiltree— ver a una criatura humana tan echada a perder, mira que ponerse a cantar de ese modo justo después de haber perdido a un nieto.
—¡Chis, chis! —dijo el anticuario—. Parece que ha retomado el hilo de la historia.
Montaron cien nÃveos corceles
y a otros cien azabache embridaron
con un chafron de acero a la cabeza
y un honorable caballero al lomo.
—¡Chafron! —exclamó el anticuario mientras tomaba notas en su cuaderno rojo—. El equivalente gaélico al cheurón, o al cheveron francés tal vez; ese término vale su peso en oro.
HabÃan recorrido una milla, dos,
tres, cuatro, diez tal vez,
cuando viose a Donald bajar de la colina
y a veinte mil hombres con él.
Sus tartanes al viento se agitaban,
sus lanzas relucÃan al sol,
su marcha de flanco a flanco entonaban
en un coro ensordecedor.
El conde se alza sobre los estribos,
un caballero robusto y con empaque
divisa las tierras a lo lejos;
es posible que os ponga en jaque.
¿Qué harÃais en mi lugar, escudero