El anticuario
El anticuario —Dudo mucho de que yo pueda resultar de ayuda, tÃo, pero el único modo que se me ocurre de mostrar al menos cierto respeto por sus tribulaciones es adelantarme y anunciar que llegará usted más tarde. Me harán falta sus espuelas, amigo.
—Apenas las necesitará, señor —dijo el hombre, mientras se las quitaba para abrocharlas a los tobillos del capitán MacIntyre—, este caballo sigue el camino a la perfección.
Oldbuck se quedó atónito ante esta última temeridad.
—¿Estás loco, Hector? —gritó—. O ¿es que has olvidado las palabras de Quinto Curcio, con quien, como soldado, deberÃas estar familiarizado: Nobilis equus umbra quidem virgæ regitur; ignavus ne calcari quidem excitari potest[284]? Lo que viene a demostrar que las espuelas son inútiles en todas las situaciones, e incluso me atreverÃa a decir que peligrosas en la mayorÃa de ellas.
Pero Hector, a quien poco le importaba la opinión de Quinto Curcio o del anticuario sobre este asunto, se limitó a responder sin hacer caso de nada:
—¿Miedo? ¡Eso jamás, señor!
Montado gentilmente en su hábil caballo,
inclinó el busto y golpeó sus armados tobillos
contra los sufridos costados del corcel,
batiendo las espuelas, una y otra vez,