El anticuario
El anticuario Desde el preciso instante en que sir Arthur Wardour se vio en poder del tesoro de la tumba de Misticot, se había sumido en un estado mental que recordaba más al éxtasis que a la sobriedad. De hecho, en cierto momento su hija llegó a mostrar una grave aprensión por dicho estado; cierto es que guardaba el secreto de poseer una fortuna inabarcable, pero sus palabras y sus actos eran los de un hombre que hubiese encontrado la piedra filosofal. Decía querer comprar todas las tierras adyacentes para poder recorrer la isla de Gran Bretaña de punta a punta, como si se hubiese propuesto no tener más vecinos que el mar. Mantuvo correspondencia con un eminente arquitecto sobre un plan de renovación del castillo de sus antepasados de acuerdo con un estilo de máxima magnificencia que pudiese competir con el de Windsor. En su cabeza, tropas de uniformados sirvientes desfilaban ya por los pasillos. ¿Acaso había algo a lo que el dueño de una riqueza infinita no pudiese aspirar? La corona de un marqués, de un duque quizá, relucía también en su imaginación. Su hija podría ser digna del más distinguido pretendiente. Ni siquiera una alianza con la sangre real quedaba fuera de sus expectativas. Su hijo era ya un destacado general, y él mismo podría ambicionar cualquier sueño, hasta el más disparatado.