El anticuario

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—Vuela con esta carta, Caxon —dijo el anciano, tendiéndole la epístola, signatum atque sigillatum[50]—, vuela hasta Knockwinnock y traeme una respuesta. Ve tan rápido como si el consejo municipal estuviera esperando al preboste, y el preboste estuviera esperando su peluca recién empolvada.

—¡Oh, señor! —contestó el mensajero con un profundo suspiro—. Esos días pasaron hace mucho. El último preboste que llevó peluca en Fairport fue Jervie y tenía una joven sirvienta que se la arreglaba personalmente con las gotas de una vela y una caja de perfumería. Pero yo conocí una época, Monkbarns, en la que el consejo de Fairport habría prescindido de su secretario o de su medio litro de coñac después de los abadejos, antes que prescindir de una gruesa peluca, decente e impresionante sobre la cabeza. ¡Sí, señor! No me cabe duda de que los comunes se sentirán insatisfechos y se alzarán en contra de la ley cuando vean a magistrados, concejales, diáconos e incluso al preboste con la cabeza tan calva y desnuda como mis maniquíes.

—E igual de bien amueblada por dentro, Caxon. Pero márchate ya… Tienes una visión excelente de las cosas públicas y me atrevería a decir que has tocado el tema de la causa del descontento popular casi del mismo modo que lo habría hecho el propio preboste. Márchate ya, Caxon.

Y Caxon comenzó su camino de tres millas…


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