El anticuario
El anticuario —En realidad, mi dulce dama —respondió el mendigo—, debe confiar ese pequeño secreto a este preso y no hacer preguntas. Si una noche expuse mi vida por la suya, no tengo ningún motivo para traicionarla precisamente ahora que está pasando este mal trago.
—Está bien, Edie, en tal caso, sÃgame —dijo la señorita Wardour—, y haré lo posible por facilitarle el viaje a Tannonburgh.
—¡Dese prisa, señorita, dese prisa, por el amor de Dios!
Y de este modo continuó insistiendo el mendigo en la premura de la situación hasta que llegaron, por fin, al castillo.