El anticuario

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Capítulo XLII


Que mire quien quiera, yo no puedo:

esclavo era del rango y de la pompa

y de todo el fausto al que ahora renuncia

por el duro sino de la miseria cruel.

Y en su frente, inquieta, alterada,

el fino velo de la Vanidad trasluce

los profundos surcos del arrepentimiento.

Antigua obra

Cuando la señorita Wardour llegó al patio del castillo, se dio cuenta enseguida de que la visita de los agentes de la ley estaba ya en curso. Reinaba un aire de confusión, penumbra y pesar, también de curiosidad entre los criados, mientras los agentes iban de aquí allá, elaborando un inventario de los bienes muebles e inmuebles sujetos a embargo según las leyes escocesas. El capitán MacIntyre fue corriendo hacia ella cuando, perpleja y sin palabras, segura de la inminente desgracia que se cernía sobre su padre, se detuvo en el umbral de la puerta.

—Querida señorita Wardour —le dijo—, no se inquiete, mi tío está a punto de llegar y estoy seguro de que encontrará alguna forma de echar de su casa a estos desvergonzados.

—¡Ay, capitán MacIntyre, me temo que será demasiado tarde!


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