El anticuario

El anticuario

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Seguidamente se puso a hablar con el agente, quien, desde su llegada, había abandonado la idea de levantar el acta y aceptó las garantías del señor Oldbuck de que el caballo y la carreta estarían de vuelta en dos o tres horas.

—Muy bien, señor —dijo el anticuario—, ya que se muestra usted tan civil, le compensaré con otro trabajo más a su altura, un hecho de índole política, un delito punible per legem Juliam[290]: señor Sweepclean, acérquese un momento.

Y, al cabo de cinco minutos hablando entre susurros, le dio un pliego al funcionario, quien, tras guardarlo convenientemente, se montó en su caballo y partió sin perder un segundo acompañado por uno de sus ayudantes. El agente que se quedó al mando parecía retrasar las operaciones adrede: continuó con sus quehaceres con gran parsimonia, con la precaución y precisión de quien se siente observado por un diestro y severo inspector.

Entretanto, Oldbuck sujetó a su sobrino del brazo y lo llevó a la casa, donde fueron conducidos hasta la presencia de sir Arthur Wardour. Éste, abatido por la herida de su orgullo y envuelto en un aire de agónica aprensión, trataba en vano de disimular su lamentable estado bajo el barniz de la indiferencia.


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