El anticuario

El anticuario

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—¡M…s sean los fócidos, señor! —exclamó Hector—. Lo mismo me da que sean de un tipo o de otro. ¡M…s sean las focas, sobre todo esas dos! ¿No pensará que me voy a quedar quieto viendo cómo un canalla como éste, que dice ser un agente del rey (espero que el rey tenga agentes mejores que este mezquino), insulta a una joven dama de la categoría y el abolengo de la señorita Wardour?

—Tu argumento es acertado, Hector —dijo el anticuario—, pero el rey, al igual que otros muchos, tiene a veces misiones odiosas y, por eso, cuenta también con tipos odiosos para desempeñarlas. Aun suponiendo que desconozcas los estatutos de Guillermo de León, en cuyo capite quarto versu quinto el delito de obstrucción a la justicia se explica como despectus Domini Regis, desprecio, en consecuencia, del propio rey, en cuyo nombre se efectúan todas las diligencias legales, sé que no habrías actuado de esa manera si hubieses sabido la información que con extremo dolor te comunico en el día de hoy: aquellos que se entrometen en una orden de prendimiento incurren en un delito de tanquam participes criminis rebellionis, considerando que aquel que presta ayuda a un rebelde, es también, quodammodo, un incitador a la rebelión. No obstante, te sacaré de este embrollo.



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