El anticuario

El anticuario

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—Pongo a todos los que están aquí por testigos —dijo el agente— de que le he mostrado mi blasón y le he explicado los motivos. Pero, ya se sabe, el que la sigue la consigue.

Y, diciendo esto, deslizó su enigmático anillo de un extremo a otro del bastón: era éste el símbolo de haber sido obstruido en el ejercicio de sus funciones.

El noble Hector, más acostumbrado a la artillería del campo de batalla que a la de la justicia, observó la mística ceremonia con gran indiferencia, y con idéntica despreocupación vio cómo el agente se sentaba para levantar un acta de obstrucción a la justicia. Pero entonces, justo a tiempo de salvar al bienintencionado e irascible joven, apareció el anticuario, entre resoplidos y jadeos, con el pañuelo remetido debajo del sombrero y la peluca en el puño del bastón.

—¿Qué diantres está pasando aquí? —exclamó mientras se ajustaba apresuradamente la peluca—. He venido todo el camino con miedo a toparme con tu cabeza hueca estampada contra cualquier roca, y ahora llego y te encuentro con tu bucéfalo, peleándote con Sweepclean. Hector, querido, un agente de la justicia es un enemigo más peligroso que un fócido, ya sea una phoca barbata o la phoca vitulina de tu reciente conflicto.


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