El anticuario
El anticuario —¿Qué diablos pasa aquÃ, señor? —exclamó Hector, quien, tras haber examinado más de cerca la naturaleza de las esperanzas y expectativas de Ochiltree, se habÃa encrespado más que un terrier de sus montañas nativas, y buscaba la primera excusa decente para descargar su mal humor—. ¿Tiene la insolencia de prohibir que el criado de una joven dama obedezca sus órdenes?
HabÃa algo en el tono del joven soldado que indicaba que difÃcilmente podrÃa hacerse frente a su intervención con meros argumentos; de hecho, parecÃan estar gestándose las desagradables circunstancias que suelen acarrear un delito de obstrucción a la autoridad pública. El agente, al enfrentarse con el militar, agarró con una mano —temblorosa por cierto— el sucio garrote, emblema de su autoridad, y con la otra sacó su bastón, con el puño de plata y un anillo móvil sobre él:
—Capitán MacIntyre, no es mi deseo enfrentarme con usted, pero, si interfiere en mis funciones, habré de romper la vara de la paz y declararme oficialmente agraviado por obstrucción a la justicia.
—Y ¿a quién diablos le importa —preguntó Hector— que se declare oficialmente agraciado o feúcho? Y, por lo de romper la varita, o lo que sea que haya dicho, lo que sà le voy a romper yo son los huesos como no deje a este hombre obedecer a su señora y poner los arreos al caballo.