El anticuario

El anticuario

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—¡Por el amor de Dios —dijo el anciano—, ata el caballo al yugo, Robie! Y, si no soy de utilidad, te doy permiso para que me dejes arrumbado en Kittlebrig y te vuelvas tú solo. Pero, por favor, date prisa; hoy más que nunca, el tiempo es oro.

Después de que la señorita Wardour entrara en la casa y, en vista de que no se lo había prohibido, Robert fue corriendo al establo, situado junto al patio, con el fin de uncir el caballo. Aunque un viejo mendigo parecía ser la persona menos indicada para prestar ayuda en un asunto de fatalidad pecunaria, entre los allegados a Edie existía la opinión generalizada de que éste era un hombre prudente y sagaz, motivo por el que Robert llegó a la conclusión de que, si Edie había insistido tanto en la urgencia de la expedición, era porque estaba convencido de que surtiría efecto. Pero en cuanto el criado se hizo con uno de los caballos para atarlo al yugo, un agente le sujetó por el hombro y le dijo:

—Amigo, suelte a la bestia, forma parte del inventario.

—¿Qué? —dijo Robert—. ¿No puedo disponer del caballo de mi señor para hacer un porte encomendado por la señorita Wardour?

—De aquí nadie se puede llevar nada —dijo el oficial— o tendrá que atenerse a las consecuencias.


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