El anticuario
El anticuario Si ella no me ama, qué más da.
¿Debiera palidecer por sus encantos
o suspirar cuando a otros sonrÃe?
Mi paz, a Dios juro, jamás habrá de bailar,
cual pluma que adorna su sombrero,
al tortuoso son que sus caprichos dicten.
Antigua obra
—Hector —dijo su tÃo al capitán MacIntyre de camino a casa—, a veces me inclino a sospechar que, en cierto modo, eres tonto.
—Si solo lo cree en cierto modo, señor, sin duda me honra más de lo que esperaba o merecÃa.
—Quiero decir, en un sentido par excellence[303] —respondió el anticuario—. A veces tengo la impresión de que te fijas mucho en la señorita Wardour.
—¿Y bien, señor? —dijo MacIntyre circunspecto.
—¿Y bien, señor? —repitió su tÃo—. Menudo es el caballero. Me responde, como si fuese la cosa más razonable del mundo, que él, capitán del ejército y nada más aparte de eso, puede desposar a la hija de un baronet.
—Me atrevo a pensar, señor —dijo el joven montañés—, que no serÃa para la señorita Wardour degradación alguna en lo que respecta a mi familia.
