El anticuario
El anticuario —¡Oh, Dios me libre de poner semejante cuestión en tela de juicio! No, no, en eso vais a la par, los dos tenéis el mismo aire aristocrático y miráis con altivez a todo roturier[304] que se os cruce en Escocia.
—Y en fortuna también estamos bastante igualados, ya que ninguno de los dos tiene un penique —continuó Hector—. Tal vez esté equivocado, pero de ninguna manera voy a declararme culpable de antemano.
—Pero ahà está el error, si quieres llamarlo asà —respondió su tÃo—. Ella no te elegirá, Hector.
—¿Eso cree, señor?
—Totalmente, Hector, y para despejar cualquier duda, te informaré de que le gusta otro hombre. Ella malinterpretó ciertas palabras que yo le dije una vez y, desde entonces, he podido adivinar el significado que les dio. En ese momento, fui incapaz de entender su titubeo y su sonrojo, pero, ay, Hector, Hector, ahora comprendo que sus señales aniquilan todas tus esperanzas y pretensiones. Asà que te recomiendo que aceptes tu derrota y retires tus fuerzas lo mejor que sepas, pues el fuerte está muy bien guarnecido y no podrás atacarlo.