El anticuario

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—No tengo que aceptar ninguna derrota, tío —dijo Hector andando muy erguido y con cierto aire de ofendida solemnidad—; no hay derrota que aceptar cuando jamás he tomado parte en ninguna guerra. Hay más mujeres en Escocia aparte de la señorita Wardour que también son de buena familia…

—Y de mejor gusto —apostilló el tío—, sin duda las hay, Hector. Y, aunque es imposible negar que ella es una de las muchachas más completas y sensatas que he visto, me temo que, en tus manos, una gran parte de sus méritos se echaría a perder. Una figura imponente, con dos plumas cruzadas a la cabeza, una verde y otra azul, con destreza militar para montar a caballo, hoy conduciendo un calesín, mañana pasando revista al poni gris que tira del vehículo, hoc erat in votis[305]; éstas son las cualidades ante las que tú te rendirías, sobre todo si la muchacha tuviese interés por la historia natural y fuese amante de los fócidos.

—Resulta un poco duro —dijo Hector— que aproveche cualquier ocasión para echarme en cara la maldita foca; pero me da lo mismo, y no voy a dejar que la señorita Wardour me parta el corazón. Ella es libre de elegir a quien quiera y le deseo que sea muy feliz.

—Magnánimamente resuelto, puntal de Troya; la verdad, Hector, es que me estaba temiendo una escenita. Tu hermana me dijo que estabas locamente enamorado de la señorita Wardour.


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