El anticuario

El anticuario

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—Señor —respondió el joven—, ¿no creerá que me voy a enamorar locamente de una mujer a la que no le importo un rábano?

—Cierto, sobrino —dijo el anticuario con más seriedad—, lo que dices tiene, sin duda, mucho sentido; ya me habría gustado a mí, hace veinte o veinticinco años, pensar como piensas tú ahora.

—Cada cual, supongo, es libre de pensar como le plazca sobre estos asuntos —dijo Hector.

—No según la vieja escuela —repuso Oldbuck—, pero, como he dicho antes, las prácticas modernas parecen, en este caso, las más prudentes; si bien despiertan escaso interés. Y ahora, cuéntame, ¿qué piensas de la posible invasión de la que todo el mundo habla? Se grita siempre: «¡Ahí vienen!»[306].

Hector, tragándose su tormento, que trataba a toda costa de resguardar de las satíricas observaciones de su tío, tomó parte enseguida en una conversación que alejaba a la señorita Wardour y a la foca de la cabeza del anticuario. Una vez en Monkbarns, estos delicados temas se olvidaron, pues nada más llegar informaron a las mujeres de todo cuanto había ocurrido en el castillo, y éstas, por su parte, detallaron el largo tiempo que habían esperado antes de decidirse a cenar en ausencia del señor.


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