El anticuario
El anticuario A la mañana siguiente el anticuario se levantó temprano y, como Caxon aún no había hecho acto de presencia, empezó a acusar mentalmente la ausencia de las triviales conversaciones y chismes que el ex perruquier le solía contar, hábito que se había convertido en necesidad, como sus ocasionales inhalaciones de rapé; si bien el anticuario sostenía, o pretendía sostener, que ambas cosas tenían el mismo valor intrínseco. El sentimiento de vacuidad característico en casos de privación semejantes fue aliviado por la aparición del viejo Ochiltree, que paseaba por el recortado tejo, entre los setos y acebos; parecía haberse hecho rápidamente a la casa; es más, era ya tan de la familia que ni siquiera Juno le ladraba y se conformaba con vigilarlo de cerca. Nuestro anticuario salió en batín a saludarlo.
—Vienen ya, la cosa va en serio, Monkbarns. He venido expresamente desde Fairport a darle la noticia y me vuelvo. La Búsqueda acaba de llegar a la bahía y dicen que una flota francesa la ha estado persiguiendo.
—¿La Búsqueda? —interpeló Oldbuck mientras reflexionaba un momento—. ¿Eh?
—Sí, sí, el bergantín del capitán Taffril, La Búsqueda.
—¿Cómo? ¿Tiene algo que ver con la «Búsqueda II»? —dijo Oldbuck, acercándose a la luz que el nombre del navío parecía arrojar sobre el misterioso cofre del tesoro.