El anticuario

El anticuario

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El mendigo, como un hombre sorprendido en un momento de jocosidad, se cubrió el rostro con el gorro, pero no puedo evitar reírse a carcajadas.

—Pero ¡qué cosas tiene, Monkbarns! ¿Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino? ¿Qué le ha hecho pensar que ambas cosas podían estar relacionadas? Bueno, de acuerdo, me ha pillado.

—Ahora lo veo claro —dijo Oldbuck—, tan claro como la leyenda de una medalla antigua: el cofre donde se halló el tesoro pertenecía al bergantín, y el tesoro a Lovel, ¿verdad?

Edie asintió.

—Y fue enterrado allí para ayudar a sir Arthur en sus dificultades.

—Yo lo enterré —dijo Edie—, con la ayuda de dos marineros del bergantín, pero ellos desconocían lo que había dentro, pensaron que sería algún asunto de contrabando del capitán. Lo estuve vigilando día y noche hasta cerciorarme de que llegaba a las debidas manos; y entonces, cuando ese demonio alemán le echó el ojo a la tapa del cofre, como perro salivando por chupetear un hueso, creo que algún diablillo escocés me metió en la cabeza la idea de hacerle una jugarreta. Ahora entenderá que no podía decirle nada al magistrado Littlejohn: tenía que esperar a que todo saliese a la luz para no perjudicar a Lovel; antes muerto que soltar una palabra.


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