El anticuario
El anticuario —Debo decir que Lovel eligió al mejor confidente —dijo Oldbuck—, aunque me extraña en cierto modo.
—Puedo decirle, Monkbarns —respondió el mendigo—, que no hay nadie mejor que yo en este paÃs a quien confiar una cuestión de dinero, pues ni lo quiero, ni lo deseo, ni sabrÃa cómo utilizarlo si lo tuviese. Pero el muchacho tampoco tenÃa muchas opciones, pues pensaba abandonar el paÃs para siempre (espero que haya cambiado de opinión). Se nos habÃa echado la noche encima cuando nos enteramos por casualidad de los infortunios de sir Arthur, pero Lovel tenÃa que estar a bordo antes del amanecer. Entonces, cinco noches después, el bergantÃn hizo parada en la bahÃa, asà que quedamos en el barco y enterramos el tesoro donde lo encontró.
—Una proeza muy romántica, aunque imprudente —dijo Oldbuck—. ¿Por qué no confió Lovel en mÃ, o en cualquier otro amigo?
—La sangre del hijo de su hermana —explicó Edie— estaba aún fresca en las manos de Lovel; incluso era posible que el capitán hubiese muerto. No tenÃa tiempo que perder y a usted, menos que a nadie, se atrevÃa a pedir ayuda.
—Tiene razón. Pero ¿y si Dousterswivel hubiese llegado antes que usted?