El anticuario

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—Habría dado una guinea —dijo— por ver a ese sinvergüenza alemán probar de su propia medicina. Habría que verlo, presa del pánico, temblando de miedo por la furia de su patrón y por las apariciones.

—Cierto —dijo el mendigo—, se llevó un buen susto, parecía que el mismísimo espíritu de Infierno en Armadura se hubiese apoderado del cuerpo de sir Arthur. Por cierto, ¿qué ha pasado con el fugitivo?

—Me ha llegado una carta esta mañana y, según parece, ha retirado los cargos contra ti y ofrece hacer descubrimientos de tal magnitud, que los asuntos de sir Arthur quedarán resueltos de una forma más fácil de lo que podamos imaginar. Eso es lo que ha escrito el sheriff, el cual añade que le ha facilitado cierta información privada de relevancia gubernamental, en consideración de lo cual, entiendo que será devuelto a su país, donde seguirá haciendo de las suyas.

—Y todas las máquinas, ruedas, grutas y zanjas que hay en Glenwithershins, ¿qué vamos a hacer con todo eso? —preguntó Edie.

—Espero que los hombres, antes de que se vayan, hagan una buena hoguera con todos los armatostes, de igual modo que el ejército destruye la artillería cuando se ve obligado a levantar un asedio. Y las zanjas, Edie, podemos dejarlas como ratoneras y que las aprovechen los hombres sabios del futuro que decidan abandonar la sustancia por la sombra.


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