El anticuario

El anticuario

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—La verdad, no sé qué pensar; si son tantos como dicen, la cosa está cruda. Hay muchos viejos entre los voluntarios, y no creo que estén muy capacitados, pero mejor me callo porque yo soy uno de ellos. En cualquier caso, haremos lo que podamos.

—¿Cómo? No me digas que ha renacido en ti el espíritu marcial…

Incluso de nuestras cenizas se agita el fuego[307].

»Edie, no pensaba que tuvieses tantos motivos por los que luchar.

—¿Que yo no tengo tantos motivos por los que luchar, señor? ¿Y los campos por los que tantas veces paseo? ¿Y el corazón de las señoras que me ofrecen un poco de pan? ¿Y los niños que vienen corriendo a jugar conmigo cuando me ven llegar? Diablos —prosiguió enarbolando su bastón con gran énfasis—, si tuviese la misma fuerza que voluntad y motivos, se iban a enterar ésos de lo que es luchar.

—¡Bravo, bravo, Edie! El peligro de un país es mínimo cuando el mendigo está dispuesto a luchar por su comida y el señor por sus tierras.

La conversación posterior versó sobre los detalles de la noche que pasaron el mendigo y Lovel en las ruinas de Saint Ruth, ante los cuales el anticuario mostró un gran asombro.


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