El anticuario
El anticuario —Nada de nada: solo que asistan todos al funeral del mendigo y quizá que sea usted quien lleve la cabecera de mi ataúd, como hizo con el pobre Steenie Meiklebackit. Al fin y al cabo, no me costaba nada hacerlo, si de todas formas me paso el dÃa vagando de un sitio a otro. En fin, menos mal que salà de la cárcel a tiempo; sabe Dios qué habrÃa pasado si hubiera estado aún encerrado como una ostra al llegar la carta. Todo habrÃa salido mal. Estuve tentado de contárselo a usted, pero entonces habrÃa contravenido las órdenes del señor Lovel; yo sabÃa que él tenÃa que ver a alguien en Edimburgo antes de poder hacer lo querÃa hacer por sir Arthur y su familia.
—Y, volviendo a las otras noticias, Edie, ¿vienen entonces los franceses?
—Eso parece, señor, y han dado órdenes estrictas de que las fuerzas y los voluntarios estén en guardia; además, estamos esperando a que llegue un joven oficial, muy inteligente por lo visto, para que nos diga cuál es la mejor estrategia defensiva. Vi a la ayudante del magistrado que estaba limpiando sus cinturones y pantalones blancos. Le eché una mano, pues la chica no es muy hábil que digamos, y asà fue como me enteré de todas estas tristes noticias.
—Y ¿cuál es tu opinión como soldado?