El anticuario

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—Bien, a pesar de todas estas sabias precauciones, opino que vuestra estratagema funcionó mejor de lo esperado, Edie. Y ¿de dónde diablos sacó Lovel todos esos lingotes de plata?

—Eso es algo que no le puedo decir: la cuestión es que se encontraban a bordo junto con sus cosas en Fairport; guardamos los lingotes en una de esas cajas de municiones del bergantín, así iban seguros y bien escondidos.

—¡Cielos! —exclamó Oldbuck al recordar sus primeros encuentros con Lovel—. Y pensar que este joven, a quien quise publicarle un libro por suscripción y le pagué el billete del transbordador, es capaz de poner en peligro tantísimo dinero. No volveré a pagar el billete de nadie, eso seguro. En fin, y supongo que mantiene correspondencia con Lovel, ¿no?

—Solo recibí unas líneas suyas avisándome de que fuese a por una carta a Tannonburgh, la que recogí ayer, con documentación de tremenda relevancia para la familia Knockwinnock. La envió a Tannonburgh por temor a que la abriesen en Fairport, y con razón, pues parece ser que le van a cerrar la oficina a la señora Mailsetter por entrometerse en los asuntos ajenos y descuidar los suyos propios.

—Y ¿qué esperas a cambio, Edie, después de haber sido el consejero, el mensajero, el guardián y la persona de confianza en todos estos asuntos?


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