El anticuario
El anticuario El mendigo, tras mirarlo un momento, soltó una carcajada, como las urracas o los loros cuando celebran una travesura; seguidamente, reanudó su camino hacia Fairport. Sus hábitos le habían procurado cierta inquietud, aumentada ahora por el placer de recabar noticias. En poco tiempo llegó a la ciudad de la que había salido esa misma mañana sin un motivo aparente, o quizá simplemente el de «charlar un rato con Monkbarns».