El anticuario
El anticuario Rojo brillaba el faro de Pownell
y tres relucían en Skiddaw,
y en el páramo podía oírse
el canto de la cometa.
JAMES HOGG[308]
El primer centinela que hizo guardia en el cerro seguramente creyó, al mirar hacia Birnam, que estaba soñando cuando vio que el bosquecillo maldito avanzaba hacia Dunsinane. No por ello Caxon —quien, desde su refugio, elevaba sus pensamientos al inminente matrimonio de su hija y la dignidad que supondría para él convertirse en suegro del lugarteniente Taffril mientras, de cuando en cuando, echaba un vistazo al puesto de señalización que le correspondía— se sintió menos sorprendido cuando vio una luz que venía de ese lado. Se frotó los ojos, volvió a mirar, enfocando el objetivo con una vara de Jacob que había sido emplazada en el punto de observación. Y así pudo contemplar que la luz iba aumentando, como un cometa a los ojos de un astrónomo, que «con miedo de cambio a las naciones confunde»[309].
—¡Que Dios nos ampare! —dijo Caxon—. ¿Qué tengo que hacer ahora? Debe de haber cabezas más sabias que la mía: voy a encender el faro ahora mismo.
