El anticuario
El anticuario Y dicho esto procedió a encender el faro, que arrojó al cielo un largo tren de luz titubeante, sobresaltando a las aves marinas —que salieron en bandadas de sus nidos— y reflejándose en las olas lejanas del mar que se iban tiñendo de rojo. Los compañeros guardianes de Caxon repitieron, con idéntica diligencia, la señal. Las luces podÃan verse desde cualquier promontorio, cabo o colina, y todo el distrito se puso en guardia ante la señal de invasión.
Nuestro anticuario, con la cabeza envuelta en dos cálidos gorros de dormir, estaba disfrutando tranquilamente de su reposo cuando, de repente, le despertaron los gritos de su hermana, de su sobrina y de dos doncellas.
—¿Qué diablos ocurre? —dijo incorporándose en la cama—. ¡Tantas mujeres en mi dormitorio a estas horas! ¿Os habéis vuelto locas?
—¡El faro, tÃo! —dijo la señorita MacIntyre.
—¡Los franceses vienen a matarnos! —gritó la señorita Griselda.
—¡El faro, el faro! ¡Los franceses, los franceses! ¡Quieren matarnos o hacernos cosas peores! —gritaron las dos doncellas como el coro de una ópera.
—¿Los franceses? —dijo Oldbuck—. ¡Señoras, salid de mi habitación hasta que me ponga algo decente! Y ¡traedme mi espada!