El Monasterio
El Monasterio El padre Eustaquio desempeñaba en el monasterio el papel del viejo general colocado cerca de un príncipe que tiene el mando del ejército con la condición de no hacer nada sin aviso previo de su consejero. Estos consejeros no suelen ser del agrado del aconsejado, y el prudente benedictino no era una excepción de la regla. Para el abad era un espantajo; pero la intenciones del primado se veían perfectamente cumplidas, pues el padre Bonifacio apenas se atrevía a acostarse sin oír la opinión del subprior. En todas las circunstancias críticas llamaba al padre Eustaquio, para seguir su consejo; pero libre ya de apuros, no pensaba más que en el medio de alejar al incómodo consejero.
En todas las cartas que escribía a los jefes del Gobierno, el abad recomendaba eficazmente al subprior, pidiendo para él a veces una abadía, y otras un obispado; pero su recomendación no era atendida: los beneficios pasaban a otras manos, y el padre Bonifacio empezaba a temer, como confesó al sacristán en un momento de amargura, que el padre Eustaquio fuera agregado vitalicio del monasterio de Santa María.
¡Cuánto no se habría indignado si hubiera sabido que era su propia mitra la que ambicionaba el padre Eustaquio, y que gracias a los ataques de apoplejía, a que el abad estaba predispuesto, el subprior esperaba sucederle pronto en el cargo! La confianza que tenía en su salud alejaba del padre Bonifacio la idea del subprior.