El Monasterio
El Monasterio Pero los progresos de la Reforma habían alarmado tanto a la Iglesia romana, que turbaron el sosiego del abad Bonifacio, imponiéndole deberes que nunca creyó llegase a cumplir. Tan pronto tenía que combatir y refutar opiniones, como desenmascarar y castigar herejes: era preciso sostener la fe vacilante, y volver al redil la oveja descarriada; obrar de manera que no provocara las murmuraciones del clero; restablecer, en fin, todo el rigor de la disciplina. No cesaban de llegar correos al monasterio de Santa María: este, enviado por el consejo privado, el otro por el primado de Escocia, aquel por la reina-madre; pero todos tenían por objeto animar, aprobar, condenar y pedir consejo respecto a tal asunto y obtener informes respecto a este otro. El padre Bonifacio se lisonjeaba mucho al recibirlos; pero no sabía lo que debía hacer ni lo que debía contestar.
El primado de San Andrés, que conocía esta insuficiencia del prior de Santa María, nombró subprior a un religioso de gran talento, dotado de vastos conocimientos, lleno de abnegación para el servicio de la Iglesia católica, y muy inteligente, tanto para guiar al abad con sus consejos en circunstancias difíciles, como para llamarle al sentimiento de su deber, cuando por bondad de alma o por debilidad lo olvidara.