El Monasterio
El Monasterio Obligado a oír el consejo del padre Eustaquio en las circunstancias realmente difíciles, el digno abad procuraba, al menos, prescindir de él cuando solo se trataba de simples detalles de administración, aunque no dejara de preguntarse qué pensaría el padre Eustaquio. No le enteró, pues, de la calaverada que había hecho enviando al padre Felipe a Glendearg sin consultarlo; pero, como este no hubiese vuelto aún a la hora de los oficios religiosos, empezó a inquietarse, tanto más cuanto que se encontraba atormentado por otros asuntos importantes. La disputa que el monasterio sostenía con el guardián del puente amenazaba tener funestas consecuencias: el barón había tomado la defensa de su vasallo, y había practicado varias diligencias cerca de las autoridades superiores; y el primado había escrito cartas apremiantes poco lisonjeras.
Como el gotoso que se apodera de su muleta renegando de la enfermedad que le obliga a utilizarla, el abad, a pesar de su repugnancia, viose obligado, terminados los oficios, a llamar al padre Eustaquio para consultarle.