El Monasterio
El Monasterio —¿Y esperas que me encargue de ese mensaje, que es un insulto a nuestro reverendo abad? ¿Crees que los bienes que a la Iglesia entregaron prÃncipes santos y piadosos señores van a emplearse en obsequiar a un laico orgulloso que sostiene un séquito más numeroso de lo que su fortuna le permite? Di a tu amo, de parte del subprior de Santa MarÃa, que el primado de Escocia nos ha ordenado que no nos sometamos a exacciones arbitrarias, bajo el falso pretexto de la hospitalidad. Nuestros bienes nos han sido transmitidos para socorrer a los pobres y a los peregrinos, y no para satisfacer la avaricia de groseros soldadotes.
—¡A mà es a quien habláis de ese modo! —exclamó Cristián—. ¡Es de mi amo de quien habláis asÃ! Tened cuidado, señor fraile e impedid con aves y credos que se extravÃen vuestros ganados y se vuelvan incombustibles vuestras granjas.
—¿Cómo te atreves a amenazar con el saqueo y el incendio del patrimonio de la Iglesia? Ruego a cuantos me oyen que no olviden las palabras que este miserable acaba de pronunciar. Recuerda bien a cuántos perillanes de tu ralea ha hecho ahogar lord James en el estanque de Jeddard. A él y al primado de Escocia elevaré mis quejas.
Cristián, exasperado, dirigió su lanza al pecho del subprior, y Elspeth empezó a gritar diciendo: