El Monasterio

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Cristián se inclinó de mala gana, murmurando entre dientes:

—¡Eso es lo mismo que decir que Dios te envíe el hambre! Pero, señor subprior, volvamos al mensaje de mi amo: ¿qué respuesta debo darle?

—Que el cuerpo de la viuda de Gualterio Avenel será depositado en el mismo sepulcro en que reposa su esposo, con todos los honores debidos a su alcurnia. En cuanto a la visita de tres días que vuestro amo se propone hacemos en compañía de sus amigos, el abad os responderá, cuando le notifiquéis los propósitos de Julián Avenel.

—Me va a costar una caminata; pero, no importa, en algo he de emplear el tiempo. Pues bien, muchacho —dijo, dirigiéndose a Alberto, que se había apoderado de su lanza—, ¿qué decís de esa herramienta? ¿Os agrada? ¿Queréis alistaros en mi tropa?

—¡No lo permita Dios! —exclamó la madre precipitadamente; pero temiendo que Cristián se ofendiera por esta exclamación, se apresuró a explicarle que, desde que el pobre Simón fue muerto de un flechazo, no podía ver un arco, una lanza ni cualquier clase de arma sin temblar.


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